Autor Tema: Un diamante, un pan… y unos pocos rábanos  (Leído 459 veces)

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Un diamante, un pan… y unos pocos rábanos
« en: Abril 20, 2016, 23:58:46 pm »
Afirma Campoamor que todo es según el color del cristal con que se mira, y así lo confirma esta historia que voy a contarles.
   
Por allá por lo más alto de las más altas montañas, en las exóticas y remotas regiones que pueblan sabios y anacoretas, se cuenta que un peregrino pasaba la noche en un bosque cercano a un pequeño y paupérrimo poblado.
   
En la soledad de la selva inconmensurable, en la que reinaba la más profunda oscuridad, oyó que alguien gritaba:

--¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la piedra preciosa, peregrino!

    El peregrino, revestido de una paz profunda que le venía de lo alto, se acercó al hombre y le dijo:

--¿Qué piedra quieres, hermano?

--Hace dos noches –dijo con voz agitada—tuve un sueño en el que se me reveló que si venía aquí esta noche, encontraría a un peregrino que me daría una piedra preciosa que me haría rico.
   
De inmediato, el peregrino hurgó en su bolsa y le entregó una piedra diciendo:

--La encontré cerca de donde nace el río en lo alto de la montaña. Puedes quedarte con ella.
   
El desconocido tomó prontamente la piedra y se marchó corriendo a su casa.  Al llegar, jadeante y cansado, abrió su mano, contempló la piedra y vio que era un enorme diamante.
   
Durante la noche apenas pegó los ojos, no pudo dormir.  Se levantó con el alba, volvió al lugar donde había dejado al peregrino y le dijo:

--Te ruego compartir conmigo la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de un diamante.
   
Y el peregrino así le contestó:

--La verdadera riqueza no consiste en acumular cosas, sino en compartirlas.

******
Al acercarse el año 2000, la prestigiosa revista norteamericana TIME  cuestionó a sus lectores sobre quien había sido el hombre más importante del milenio que terminaba. 
       
Sorpresa de sorpresas, el primer lugar correspondió a Francisco de Asís, el pequeño y humilde y siempre alegre Francisco.
   
Cuentan de él y de la comunidad en la que vivía, que en Cuaresma realizaban tremendos ayunos. Una noche, cuando todos los frailes se encontraban en sus celdas, escuchó los gemidos de un hermano, se levantó y fue donde estaba el que lloraba.

--Hermano, ¿qué te pasa?

--Lloro porque me muero de hambre. 

Francisco sigilosamente despertó a los demás hermanos explicándoles que el ayuno está muy bien, pero que no pueden dejar que un hermano se muera de hambre.  Sin embargo, como tampoco está bien que pase vergüenza cenando sólo, todos debían acompañarle.
   
Los hizo levantarse y dirigirse al comedor.  La comida se convirtió en una fiesta compartiendo un pan y unos pocos rábanos, rociados por la alegría común, porque está bien dar de comer al hambriento, pero está mucho mejor compartir todos juntos la humilde alegría que tenemos.
   
Dice José Luis Martín Descalzo que “quien tenga pan, que lo reparta; quien tenga pan y una sonrisa, que distribuya los dos.  Quien tenga sólo una sonrisa, que no se sienta pobre e impotente: que reparta sonrisa y amor.”
   
Porque si hay algo que no cambia e irá donde vaya tu destino, será la sonrisa y el amor con que tú das lo que tienes. Y en la vida de aquel otro, el hambre volverá mañana, pero el recuerdo de haber sido querido por alguien permanecerá floreciendo en su alma.

“Den, y se les dará…” (Lc 6, 38ª).

Bendiciones y paz.

Este cuento aparece publicado en la página 39 de mi libro “¡Descúbrete! Historias y cuentos para ser feliz”.  Disponible en Librería Cuesta.
Por Juan Rafael Pacheco