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GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Tema: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER... (Leído 900 veces)
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omega
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GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Febrero 24, 2012, 05:33:57 am »
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Por Galina Vishnevskaya
De niña, la abandonaron sus padres. En su adolescencia, padeció los horrores de la guerra. No obstante, Galina Vishnevskaya se elevó hasta el pináculo de la vida cultural rusa como primera dama de la Ópera del Teatro Bolshoi, en Moscú.Pero descubrió que tan privilegiada posición no bastaba para protegerla de las asfixiantes presiones del Estado soviético: los rechazados galanteos del jefe de Estado, las celadas de la KGB, el control burócratico sobre cada faceta de su vida artística y privada.
Por último, a Galina y a su esposo, el violonchelista y director de orquesta Mstislav Rostropovich, los obligaron a optar, desesperadamente, entre el amor por Rusia y su pueblo, y la pasión por la integridad.
Un día, en la primavera de 1952, al pasear por la Perspectiva Nevsky, en Leningrado, me sentía joven y feliz. El sol brillaba y hacía un tiempo magnífico. Doblé hacia la derecha, hacia el Jardín de Verano, y algo me hizo detenerme: un cartel fijado a la puerta de la Casa de los Actores proclamaba en grandes caracteres: ''El Teatro Bolshoi de la URSS anuncia un concurso para el grupo
stazher''.
Otras personas también estaban allí, leyendo aquella covocatoria. Me volví hacia ellas:
--¿Qué significa eso de
stazher?
--El grupo de los más jóvenes.
Hoy se llevará a cabo el tercer día del concurso.
Aquel verano, varios representantes del Teatro Bolshoi efectuarían audiciones de cantantes en casi todas las grandes ciudades del país. La primera etapa del concurso se haría en Leningrado; la segunda y la tercera se llevarían a cabo en el Teatro de Moscú. Tenía yo entonces 25 años de edad, y jamás había participado en un concurso.
Me había iniciado profesionalmente al terminar la Segunda Guerra Mundial, en una compañía ambulante que recorría los escombros de Rusia. Dormíamos muy apretados unos contra otros, bajo cualquier techo que encontráramos. No disponíamos de excusados ni de cuartos de baño: sólo contábamos con la calle donde la temperatura llegaba a 35 C. bajo cero. Nos presentábamos en algún gélido club, mientra se apilaba la nieve a lo largo de las paredes, y contra las cuales los soldados y marineros, se encogían en sus enfundados abrigos y gruesas gorras.
Hice luego varias giras de uno o dos meses, para dar un recital cada día. Pasaba de una población a otra, alojándome en hoteles inmundos y soportando las chinches. Me pagaban treinta rubros por concierto. Mas todo eso había quedado atrás. Ahora estaba frente a la Casa de los Actores leyendo el cartel de la convocatoria del Bolshoi.
Entré. El auditorio era pequeño y estaba a oscuras. El jurado presidía instalado ante una mesa, cerca del escenario. Al mirar en torno mío descubrí a Lyuda Patrusheva, pianista con quien había yo trabajado, y que había acudido a escuchar la audición de una amiga suya. Estuvimos juntas durante dos horas, mientras los jóvenes cantantes salían a escena y entonaban algún fragmento operístico. De pronto, Lyuda se inclinó hacia mi y me cuchicheó: ''Deberías presentarte a prueba''.
Y bien, ¿por qué no? Aprovechando el intermedio de descanso, fui a la salita del jurado.
--Quisiera cantar para ustedes
--declaré.
--Muy bien. Preséntese esta tarde, a las cuatro.
Corrí a la casa de Vera Nikolayevna Garina, quien durante dos años me había educado la voz. Me hizo vocalizar y me dio sus últimos consejos.
Había yo dicho al jurado que cantaría ''O patria mía'' de la ópera
Aída,
de Verdi. Es aria difícil; la había ensayado con Vera Nikolayevna, quien me ayudó a pulir cada una de las frases.
Cuando terminé de cantar, hubo un rumor entre los oyentes ''¿Quién es esa joven? ¿De dónde salió?''
Cuando entré en la sala del jurado, me preguntaron:
--Díganos, ¿se graduó usted en el Conservatorio?
--No--repuse--, he tomado algunas clases privadas, y canto en conciertos. Trabajé cuatro años en una compañía de opereta.
--¿Cantó usted
operetas?
--era evidente el desdén del jurado por música tan ligera--. La próxima audición se celebrará en el Teatro Bolshoi. Esta noche nos iremos a Moscú. ¿Podrá usted venir?
--!Claro que sí! --contesté.
El Teatro Bolshoi, en Moscú; el sueño de todo cantante de la Unión Soviética; el lugar de máximo honor del país. Estuve de pie ante él, esforzándome por ordenar mis pensamientos; !aquello era fantástico! Pero me sentía preparada a luchar para ganarme un sitio allí. Mi talento y mi juventud eran mis armas.
Llegó el día señalado, avancé por el pasillo, pasando al lado de los cantantes, junto a la mesa del jurado. Caminaba como en un sueño; me ardía la cara y sentía irritados los ojos . . . hasta los párpados sentía fiebre. Subí al estrado ansiosa de cantar, y en aquella única aria proyecté muchas emociones e inspiración, como si se tratara de toda una ópera. Sentí en mi interior que triunfaba . . . quería seguir cantando . . . una y otra vez . . . Pero vibró la última nota, se fue apagando y cayó en un vacío de silencio. Y luego, desde aquella gran distancia, atrayéndome, regresándo a la Tierra. . . !aplausos!
...
Galina Vishnevskaya sings Aida - O Patria mia
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última modificación: Febrero 29, 2012, 19:14:57 pm por omega
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #1 en:
Febrero 24, 2012, 17:39:38 pm »
...
2a. parte
Sentí que todo mi ser se estremecía. Ningún artista recibía jamás aplausos en los concursos del Bolshoi. !Fue un gran acontecimiento!
Alrededor de 15 concursantes llegamos a la etapa final. Después, el jurado anunció que un joven bajo y yo éramos los únicos aceptados en el grupo juvenil del Teatro Bolshoi. ''Vayan al departamento de personal . . . Allí les proporcionarán una forma para que la llenen. El departamento les dará el visto bueno''.
Varios cantantes del Bolshoi me rodearon. Algunos me felicitaron; otros me advirtieron que era temprano para alegrarme; ganar el concurso no era sino la partida, decían. Lo más importante dependía de esa forma de datos personales.
--Si hubiera algo en tus antecedentes . . .--alguien comentó.
--No; no hay nada inconveniente. --repliqué.
Y en seguida, como una cuchillada, recordé a mi padre. Lo habían declarado culpable, en términos del Artículo 58: !era enemigo del pueblo! Decenas de millones de personas se pudrían en prisiones y campos de concentración por aquel artículo. Si el departamento de personal sacaba a la luz lo relativo a mi padre, el Bolshoi me rechazaría, sin más.
Quien se detenga en la Plaza Sverdlov, frente al Teatro Bolshoi, verá a su izquierda un pequeño edificio, nada notable. Allí están las oficinas del departamento de personal del Bolshoi: un purgatorio por el que deberá pasar toda persona que sueñe con ligar su destino al poderoso teatro gubernamental. En ese pequeño edificio trabajan varios agentes de la KGB. El jefe del departamento tiene su despacho detrás de una gruesa puerta cubierta de guata y de una negra tela de caucho. Aunque fueras el mejor cantante del mundo, jamás saldrás al escenario del Bolshoi si ese agente de la KGB te rechaza.
Cogí la hoja impresa (!Dios mío, constaba de por lo menos veinte páginas!) y empecé a escribir. Las preguntas no acababan nunca. ¿Quiénes fueron sus abuelos? ¿Qué hacían antes de la Revolución? ¿Tiene usted parientes en el extranjero? ¿Fue alguno de sus familiares prisionero de los alemanes?
Escribí que a mi padre lo habían declarado perdido en acción durante la guerra . . . arriesgándome a que la KGB averiguara la verdad de los hechos. Regresé a Leningrado ya sin mi sensación de triunfo. Me obsesionaba la pregunta: ¿descubrirían la verdad?
Pasó un mes . . . y no recibí noticias. Como se me había acabado el dinero, tras mi aparición en el espléndido escenario del Teatro Bolshoi, me fui otra vez de gira, cantando, recorriendo aldeas y granjas colectivas. Pasaron lentamente otros tres meses. Y de pronto, recibí el telegrama: ''Ha sido usted aceptada en el grupo juvenil del Teatro Bolshoi''.
!Mi sueño se convertía en realidad! !Cantaría en uno de los mejores teatros del mundo!
Galka, la artistka
Mi madre era medio gitana y medio polaca. Es probable que haya heredado mi pasión por el canto con la sangre gitana de mi madre; ella solía tocar la guitarra y cantar baladas gitanas (''Ojos negros'', por ejemplo) y desde la edad de tres años yo la imitaba. Había nacido con voz de adulto.
Mi padre fue un comunista convencido. En 1921, a la edad de 17, participó en la brutal represión del motín naval antibolchevique registrado en Kronshtadt, ciudad amurallada de la isla de Kotlin, en el golfo de Finlandia. Hijo de un obrero, lo obligaron a disparar contra su propia gente, y esa atrocidad lo dejó marcado para el resto de su vida.
¿Y qué hace un ruso cargado con tal peso en la conciencia? Se entrega a la bebida. Mi padre era un pobre borracho, y ya a mis cinco o seis años de vida yo lo detestaba. Con los ojos enrojecidos, se plantaba delante de mí y me espetaba discursos como lo haría en una tribuna: ''!Parásitos! . . . !Sanguijuelas! . . . !Os haré fusilar a todos! !Somos leninistas! ¿Por qué hemos luchado? !Por el triunfo de la revolución! !Por eso!
Yo me quedaba oyéndolo, con la boca abierta. Para mí, la Revolución misma y toda su ideología encarnaban en aquel leninista ebrio.
Cuando mis padres me echaron de casa siendo todavía una niña, mi abuela paterna se hizo cargo de mí.. Después, a menudo me oía llamar ''huérfana'', palabra patética. Mi abuela, Darya Aleksandrovna Ivanova, vivía en Kronshtadt, a dos horas, en barco, de Leningrado. Nuestro apartamento comunal constaba de cinco espaciosas habitaciones y una cocina enorme, donde los 14 inquilinos preparaban sus alimentos en una estufa de leña. El único cuarto de baño y el único excusado lo compartían todos.
De niña, aun en los cursos elementales, participaba yo con regularidad en todos los recitales de la escuela; pronto adquirí el mote de Galka, la Artistka. En el primer año de la escuela primaria gané un premio de canto. Cantar se convirtió en mi pasión. Cantaba en todas partes: en la calle, en la escuela, en casa. Mi voz resonaba por todo el patio.
''Allá va Galka la Artistka'', se mofaban los niños.
Fueron aquellos los años de las purgas que emprendió Stalin. El maestro nos leía los diarios en la escuela; estábamos obligados a saber que el gran Stalin había desenmascarado a los enemigos trotskistas y a los espías de los países extranjeros. El gran Stalin denunciaba, desenmascaraba, esclarecía . . . !Stalin, Stalin . . . !, hasta que acabamos por convencernos de que, sin Stalin, no era posible vivir. La adoración por Stalin precedía a todo lo demás. Él era la personificación ideal del Hombre en la Tierra.
En 1941, mi padre estaba de servicio en Estonia, después de la ''voluntaria'' anexión de éste país a la URSS. Me invitó a pasar el verano con él, en la ciudad de Tartu. Estaba allí sola cuando avanzaron los alemanes, pues mi padre había salido de la población. Fui corriendo al cuartel general de una unidad de la Fuerza Aérea. Entre la gritería y el tumulto, conseguí huir en un autobús atestado de pilotos. Un destacamento especial venía detrás de nosotros, haciendo volar puentes luego de cruzarlos. Así comenzó la guerra para mí . . . y así mi niñez llegó a su fin; cumplía yo 14 años.
El primero de septiembre de 1941, las escuelas de Kronshtadt abrieron sus puertas, como de costumbre; pero nadie se interesaba en los estudios. Los alemanes habían llegado cerca de Leningrado, a la que bombardeaban todos los días y martilleaban con fuego de artillería. Las famosas bodegas de Badayevsky se incendiaron, y por las calles corrían manteca y azúcar derretidas. Los alemanes habían destruido casi todo el aprovisionamiento de víveres.
...
Galina VISHNVESKAYA-O Patria Mia-AIDA-BOLSHOI Theatre
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última modificación: Febrero 24, 2012, 18:01:00 pm por omega
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #2 en:
Febrero 24, 2012, 21:47:16 pm »
...
3a. parte
El bloqueo de la ciudad se había iniciado. Siguieron 900 días de sufrimiento sin tregua. Kronshtadt moría de hambre. Disminuía la cantidad de alimentos que podían obtenerse con la libreta de racionamiento. A la larga, casi no había nada, salvo un poco de pan, si es que así podía llamársele. La diaria ración de 100 gramos era una negra masa, húmeda y pegajosa, de deshechos de harina, que se desmoronaba entre las manos.
Una noche, mientras yo dormía, la abuela se calentaba junto a la estufa, y allí se quedó dormida. El dobladillo de su falda fue aspirado por la portezuela abierta de la estufa, y el vestido se inflamó. Me precipité hacia ella y, para sofocar las llamas, le arrojé encima las mantas. La abuela sufrió de pies a cabeza quemaduras de tercer grado. Falleció en el hospital, en aquel febrero de 1942.
A solas, en el apartamento vacío, envuelta en mantas, yo soñaba despierta . . . mas no con la comida. Castillos, nobles caballeros y reyes desfilaban ante mis ojos. Iba de paseo por el parque, con un hermoso vestido sobre amplia crinolina. Se presentó un apuesto duque, que se enamoró de mí y pronto se casó conmigo. Y, por supuesto, mientras así soñaba, cantaba.
La realidad era muy distinta. Una noche me despertaron extraños ruidos que subían desde la calle. Corrí a la ventana, a cuyo pie vi un camión descubierto, cargado con una pila de cadáveres. La primavera había llegado y traído el temor de que se desencadenara una epidemia, por lo que se organizó un destacamento especial de mujeres para recoger a los muertos en los apartamentos. Trabajaban durante todo el día y toda la noche; sacaban a rastras hasta la calle algún helado cadáver, lo levantaban asiéndolo de manos y pies, lo mecían: !uno, dos, tres!, y lo arrojaban en un camión. Aquel cuerpo producía entonces un sonido vibrante, como el de un grueso leño cubierto de hielo.
Había también un destacamento de alrededor de 400 mujeres, apodado la División Azul, pues su uniforme era un overol de color azul claro. Me incorporé a esa ''división'', y en ella volví a la vida. Nuestro trabajo consistía en derribar constucciones de madera para utilizarla como combustible. No disponíamos de más herramienta que nuestras manos, barras de hierro y unas palas. Por todas partes se habían roto las cañerías, y tan pronto como se derretía el hielo que cubría el pavimento, se reparaba el sistema de albañales con el auxilio de las mujeres de la Division Azul. A veces tenía que meterme hasta las rodillas en aquella inmundicia, pero no me importaba: !como pago, me daban comida!
''!Almas que habéis partido . . . !''
Enero de 1943. Me hallaba en mi habitación, por la noche, oyendo a medias la radio. De repente, la voz del locutor anunció: ''. . . nuestras valerosas tropas han roto el bloqueo de Leningrado''.
Aquel verano solicité que me dieran de baja de la División Azul. Deseaba estudiar en Leningrado. El comandante era hombre bondadoso, y aprobó mi petición. Al llegar yo, esa ciudad volvía a la vida. !Tenía, como obrera, mi libreta de racionamiento, que me daba derecho a cerca de medio kilo de pan al día!
Con el tiempo, el Conservatorio Rimsky Korsakov volvió a abrir sus puertas en Leningrado, y me aceptó como alumna de canto. Había venido al mundo dotada por la naturaleza con impostación innata de la voz; instintivamente sabía cómo expandir el pecho y proyectar la voz, así como la mejor forma de respirar. Pero mi maestro me arruinó esos dones por la excesiva severidad de su método. Se me cerró la laringe; ya no podía entonar notas agudas. A los seis meses, abandoné las clases de canto.
Entonces vagué de la casa de una amiga a la de otra, sintiéndome sola y abandonada. No tenía alojamiento propio. Por último, mi soledad me llevó al matrimonio. En el verano de 1944 me casé con Georgi Vishnevsky, un joven marinero. Antes de una semana comprendí que había cometido un grave error. Georgi no me permitía cantar, estudiar, ni actuar. En septiembre ingresé en el Teatro de la Ópereta del Distrito de Leningrado; entre mi marido y yo hubo un pleito que terminó con nuestra unión. Sólo me queda el apellido Vishnevskaya para recordarme que ese matrimonio existió.
En el Teatro de la Opereta no tardé en convertirme en solista; en la actriz cómica principal de la compañia. El papel de coqueta de un salon de variedades iba bien con mi voz . . . Aún carecía yo de los agudos que me permitieran representar papeles románticos.
Aquella compañía teatral llegó a ser para mí una verdadera escuela: mi única escuela, en realidad. Tenía que cantar aunque estuviera enferma: de amigdalitis, de abscesos en la garganta, con fiebre. Cuando estaba resfriada, había que compensar la falta de resonancia de la voz con la buena actuación. Durante cuatro años actué en cientos de funciones. Aprendí a desenvolverme bien en el escenario. Aprendí también a bailar, y a
moverme.
Me casé con Mark Ilich Rubin, el director de nuestra compañía. Era hombre maduro, de 40 años; en ese entonces tenía yo 18. Sentí que al fin había encontrado lo que tanto me hacía falta: un hogar, una familia, un hombre que me quería y me protegería.
Al poco tiempo estaba yo embarazada. Di a luz un hijo, pero el bebé contrajo una infección. Entonces no había antibióticos; no fue posible salvarlo. Murió a los dos meses y medio de edad. Entre Mark y yo improvisamos un pequeño ataúd con unas tablas, lo forramos con tela blanca, y en él colocamos a nuestro hijo. Alquilamos luego un coche y fuimos al cementerio. Aquel año la primavera había llegado tarde y la tierra no se había descongelado. Costó mucho trabajo cavar la fosa. Me dolió el corazón.
Conocer a Vera Nikolayevna transformó mi vida. Sin Vera, estoy segura de que jamás habría llegado a ser cantante de ópera. Cierto día, una amiga me visitó en casa y me dijo:
--Hace tiempo que quería hablarte de una anciana muy interesante, maestra de canto, que vive cerca de aqui. ¿Por qué no vamos a verla? --Estoy harta de los maestros de canto. Todos son unos charlatanes.
Sin embargo, accedí. Nos abrió la puerta una mujer de pelo cano, quien nos condujo hasta una pequeña y estrecha habitación.
--¿Qué clase de voz tiene usted? --me preguntó.
¿Por qué habría yo de explicarle cómo había perdido mis notas agudas?
--
Mezzosoprano
--le respondí.
--Muy bien; entonemos algunas escalas.
Comenzaremos con la octava grave.
--Ya veo, ya veo --comentó Vera Nikolayevna--. Interesante; muy interesante. Ahora, más alto; más alto.
--No puedo llegar más alto . . .
--Bueno . . . ya es bastante. Hija mía, no eres
mezzosoprano;
eres toda una soprano.
Quedé pasmada:
--¿De veras? Recuerdo las notas altas que podía alcanzar, pero ya no puedo entonarlas. Todos los maestros con quienes he estudiado me han dicho que soy
mezzo.
¿Cómo supo usted . . .?
--Lo advertí en las notas de transición hacia la octava alta. Por tanto, está decidido: te enseñaré. Trabajaremos las dos juntas todos los días . . . Es mi primera condición.
Cuando conocí a Vera Nikolayevna, ella frisaba en los 80 años de edad. Durante la mayor parte de su carrera profesional había cantado en el extranjero. Después de casarse con un fabricante de instrumentos músicos de San Petersburgo, poco a poco fue abandonando su carrera de cantante. Su esposo, perteneciente a la burguesía, murió fusilado al estallar la Revolución.
El cuartucho de Vera Nikolayevna estaba en el sexto piso de un edificio de apartamentos. El ascensor no funcionaba desde el comienzo de la guerra; la anciana se había confinado en su habitación, al no poder subir por las escaleras. Todos los días, alguno de sus alumnos se encargaba de comprarle sus provisiones y de llevarle leños para la estufa. Unos carteles ya viejos y amarillentos anunciaban algunos de los conciertos que había dado Vera Nikolayevna, y unas cuantas cintas, raídas y descoloridas, provenientes de guirnaldas y ramilletes, adornaban las paredes.
Cada mañana, acudía yo a su apartamento, a tomar mi lección.
Practicando ejercicios especiales, aprendí a aflojar la lengua, la mandíbula inferior, la laringe. Antes de seis meses ya alcanzaba mi tesitura natural: dos octavas y media. Trabajaba como una posesa. Me dormía pensando en Vera Nikolayevna.
De pronto, al poco tiempo, empecé a sentirme exhausta. Las radiografías que me tomaron denunciaron lesiones en la mitad de uno de los pulmones, y una cavidad bajo la clavícula. Me diagnosticaron tuberculosis aguda. Mi caso exigía un neumotórax artificial; es decir, forzar el colapso del pulmón, lo cual significaría el fin de mi carrera. Me negué a someterme al tratamiento.
Mark consiguió con grandes dificultades que me admitieran en un sanatorio para tuberculosos cerca de Leningrado, donde me trataron durante dos meses. La estreptomicina acababa de aparecer en Rusia, pero sólo se conseguía en el mercado negro, y a precios exorbitantes. Los médicos me decían que podríamos hacer la prueba con inyecciones de este fármaco, si bien dudaban de que me aliviaran. Mark y yo resolvimos correr el riesgo, y vendimos cuanto poseíamos para comprar la medicina.
Mejoré, pero los médicos me prohibieron terminantemente que cantara. Esto no fue un obstáculo: corría al bosque y allí me ejercitaba. Encendía una hoguera, y, de pie junto a ella, entonaba el aria de Marfa de la ópera
Kovanshchina,
de Mussorgsky: ''!Fuerzas secretas! !Grandes fuerzas! !Almas que habéis partido al mundo de lo desconocido! !Os invoco!''. Cada día sentía yo que la vida volvía a mí a torrentes, y tenía ganas de gritarlo así desde los tejados.
Desapareció al fin la tuberculosis; la cavidad se cerró. Los médicos aseguraron que mi restablecimiento había sido un milagro.
...
Galina Vishnevskaya - "O ne grusti" - Rachmaninov
Galina Vishnevskaya sings Mussorgsky (2)
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última modificación: Febrero 24, 2012, 23:22:07 pm por omega
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Respuesta #3 en:
Febrero 25, 2012, 00:52:51 am »
...
4a. parte
Sierva de Stalin
Dos años de lecciones con Vera Nikolayevna me habían preparado perfectamente para seguir el programa de trabajo en el Bolshoi, en su grupo juvenil, el cual incluía aprenderme dos papeles importantes: el de Tatyana, de la ópera
Eugene Onegin,
de Chaikovsky, y el de Leonora, de
Fidelio,
la única ópera de Beethoven. El Bolshoi daba gran prioridad a la puesta en escena de
Fidelio.
En verdad, constituía un acontecimiento extraordinario para el mundo musical de Rusia: !la única ópera de Beethoven y jamás se había representado en la era soviética! Por primera vez se me brindaban oportunidades que ningún principiante podía siquiera imaginar, y de allí en adelante mi vida se desarrollaría entre los muros del Teatro Bolshoi. No iba yo a casa sino a dormir.
Stalin vigilaba personalmente el Bolshoi. Todo el mundo aspiraba a actuar ante él, y Stalin no escatimaba esfuerzos en favor de los artistas. Él mismo fijaba los salarios, que eran altos, les confería condecoraciones generosamente y les entregaba en persona el Premio Stalin que hubieran ganado.
¿Acaso le gustaba la música a Stalin? No; lo que le agradaba era el Bolshoi; su esplendor, su pompa. Allí se sentía un emperador. Se gozaba en su papel de protector del teatro y de los artistas, siervos suyos. Le gustaba ser generoso con ellos, y recompensar a los mejores como lo haría un zar. La diferencia estribaba en que Stalin no se sentaba en el palco imperial, que estaba en el centro; el lugar de Stalin era detrás de una cortina. En su ''armario de baño'', como llamaban los cantantes a su palco, había siempre un cuenco lleno de huevos duros, que el dictador comía durante los intermedios.
Una vez muerto stalin, nuestros altos salarios se desvanecieron como por arte de magia. Por supuesto, no hubo ninguna huelga; en un país comunista no puede haber huelgas, sencillamente por que es imposible que haya descontentos.
En cuanto participé en el Bolshoi como joven cantante, me rondaron algunos funcionarios del Ministerio de Cultura, quienes dieron en presentarme en las recepciones oficiales del Gobierno.
A menudo, de pie ante una gran mesa rebosante de esturiones, caviar y relucientes jamones, alzando una copa de cristal para brindar por la dicha del pueblo soviético, solía observar detenidamente las fofas e hinchadas caras de nuestros líderes. Recordaba mis vagabundeos por nuestro vasto país, lo precario de su cotidiana realidad y su misérrimo nivel de vida, y me preguntaba: ¿Sabrán estos arrogantes funcionarios, ebrios de poder, estupidizados por la comida y el alcohol, cómo vive el pueblo?
Por supuesto lo sabían, pero saberlo no bastaba. Tras haberse hartado de bocadillos y caviar, aquellos cortesanos regresaban a sus burocráticos despachos para actuar como tiranos, como si fueran señores feudales.
La trampa de la KGB
Un día me llamaron por teléfono del departamento de personal, para pedirle que pasara a verlos. A la mañana siguiente, al abrir la puerta del apartamento, vi que, además del jefe de personal, estaban allí otros dos sujetos: ''Soy el mayor Fulano de la KGB'', me dijo uno de ellos al tiempo que sacaba del bolsillo su credencial.
Sentí que se me encogía el corazón. Mi hora fatal había llegado: ¿habrían descubierto la verdad acerca de mi padre? Pero supe contener la emoción.
''Galina Pavlovna, es usted una cantante de talento . . . Nuestra gran esperanza, podría decirse. Deseamos estrechar nuestras relaciones con usted; charlar un poco. Tal vez pudiera venir mañana al Hotel Metropol, tercer piso, a la derecha. Allí podremos conversar''.
Pensé que tratarían de reclutarme para servir como informante de la KGB. Hoy, como antes, se busca a todos los solistas del Bolshoi, de los cuales la KGB recluta a muchos. El objetivo es que todo el mundo espíe a todos los demás, y esté siempre a las órdenes de la KGB.
Al día siguiente acudí al Metropol, situado enfrente del Teatro Bolshoi. Sin perder tiempo, el agente me explicó:
--Galina Pavlovna, solicitamos su colaboración. Nuestro país se halla rodeado de enemigos y, todo ciudadano soviético tiene el deber de ayudar a nuestros organismos de seguridad a desenmascararlos.
Abrí mucho los ojos y pregunté:
¿Cómo voy yo a desenmascarar a no sé qué enemigos? Mi trabajo destroza los nervios, como sabrá usted. Soy cantante . . . además muy atolondrada . . .
Farfullé cuantas tonterías se me ocurrieron.
Pero el agente seguía en sus trece.
--!Vamos, vamos, Galina Pavlovna. No le estamos pidiendo que se encarge de nada serio . . . Nada más que observe usted a determinados individuos. ¿Tan difícil le parece hacerlo? !Y se asustó tanto! !Vamos! Mire usted: no tiene por que preocuparse; por ahora, no le quitaremos el tiempo. La llamaremos de nuevo, cuando sea necesario. !Hasta entonces!
Pasó un mes sin que recibiera yo ninguna llamada. Me sentía contentísima, pensando que quizá se habrían olvidado de mí. Pero, no; esa gente no olvida nada. El mayor telefoneó (sólo oír su voz me hizo estremecer), y nuevamente tuve que ir al Metropol.
El mayor fue al grano:
--Cultiva usted amistosas relaciones con el pianista Petunin. Se nos ha informado que este individuo hace frecuentes comentarios hostiles al régimen soviético. ¿Es verdad?
La KGB estaba bien informada. En efecto, Petunin solía hablar mal del régimen; a decir verdad, era nuestro único tema de conversación.
Puse expresión de gran asombro.
--¿Es posible? Por mi parte, jamás le he oído decir nada de eso.
--¿No le cuenta chascarrillos?
--!Ah, sí! Pero no puedo repetírselos. !Petunin es tan vulgar!
--¿No le cuenta chistes políticos? Nuestros informantes son personas confiables . . .
Era evidente que alguien del teatro les había llevado informes de Petunin y de mí.
--Pero, ¿quién les ha contado tales tonterías? !Petunin es un redomado tonto! ¿De dónde sacaría el ingenio necesario para hacer chistes políticos?
--Está bien. Declare todo eso por escrito --concluyó el mayor.
Y me asignó una misión.
--Petunin es amigo de Smyslov, el ajedrecista, que acaba de regresar del extranjero. Averigue lo que Smyslov le haya contado a Petunin.
Dos semanas después, recibí una tercera llamada telefónica. No había manera de zafarme. Tendría yo que ir: Hotel Metrópoli, piso tercero, a la derecha.
--¿Así que Smyslov se reunió con Petunin? ¿Y qué dijo de la situación en el extranjero?
--No dijo nada --repuse--. Usted comprenderá . . . He estado trabajando tanto. . . Habrá estreno dentro de dos días . . . No me fijo en lo que diga o no diga alguien . . .
--¿No trajo Smyslov algunos regalos?
--Sí. A Petunin le regaló una corbata preciosa. Pero eso fue todo.
--Póngalo por escrito.
Obediente escribí:'' Smyslov le trajo a Petunin una preciosa corbata del extranjero''.
!Qué idiotez!,
me dije. Pero al hacerme cumplir aquellos mezquinos encargos, el mayor quería que me habituara a la idea de que ya trabajara para la KGB, y que me sería imposible dejar de colaborar. Advertían, claro está, que trataba yo de escabullirme, y habían decidido hacerme caer en la trampa poco a poco. Saltaba a la vista que aquello no era sino el principio.
Y, sin embargo, logré eludir la celada que me tendían aquellos cazadores de seres humanos. Jamás volví al Hotel Metrópoli, ''tercer piso, a la derecha''. La razón de ello fue que al poco tiempo conocí a Nikolai Bulganin, entonces jefe del Estado soviético. A él me quejé, y Bulganin me liberó de aquella tela de araña. Después habría de esperar de mí que le pagara el favor.
...
Galina Vishnevskaya Georg Ots Eugene Onegin Final Scene Part I
Galina Vishnevskaya sings Tatiana's Letter Scene by Tchaikovsky PART 2
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #4 en:
Febrero 25, 2012, 19:33:15 pm »
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5ta. parte
''Llámeme Slava''
En abril de 1955 asistí a una recepción en honor del Cuerpo Diplomático. Un grupo del Bolshoi estábamos instalados en una de las mesas, cuando aquel joven se nos acercó y nos saludó a todos.
''Permítame que los presente'', se ofreció alguien. ''El violonchelista Mstislav Rostropovich; la nueva estrella del Teatro Bolshoi, Galina Vishnevskaya'',
El recién llegado se sentó a nuestra mesa. Yo estaba parloteando y no le di mayor atención. Nunca había oído su nombre, el cual resultaba tan difícil de pronunciar, que entró por un oído y salió por el otro. De pronto, vi que una manzana rodaba por la mesa, del joven hacia mí. !Imitaba a París en la opereta
La Belle Héléne!
Me disponía a retirarme, cuando él se puso de pie de un salto.
--¿Me permite acompañarla a su casa?
--Como guste . . .
Al llegar ambos al edificio, me dijo:
--Iba yo a la fiesta de cumpleaños de un amigo mío; pero después de haberla conocido, no tengo el más mínimo deseo de ir a ninguna otra parte.
Pensé:
!Adulación!,
del género que oía yo todos los días.
--¿Me permite regalarle estos dulces?
Y sacó, no sé de dónde, una enorme caja de chocolates. Tomé la caja, le di las gracias y las buenas noches, y subí a mi apartamento. Mark me preguntó que quién me había regalado los chocolates. Un músico, le contesté. No vi nada especial en aquel encuentro, y Mark fue quien se comió las golosinas.
Entonces llevaba diez años de casada. Las relaciones entre Mark y yo se habían desintegrado. Para ambos, estaba claro que el rompimiento era inevitable, pero entretanto vivíamos bajo el mismo techo, como dos viejos amigos. Por mi parte, seguía esperando a alguien a quien pudiera amar hasta la muerte: alguien a quien amar como amaba yo en la escena.
Poco después me llamaron del ministerio de cultura; me hicieron llenar un cuestionario reglamentario para viajar al extranjero. Mi destino sería Checoslovaquia. Me alegré muchísimo: !aquel sería mi primer viaje al exterior!
En el Hotel Alcron, en Praga, bajé al restaurante a desayunar. Buscaba una mesa desocupada, cuando avisté al violonchelista aquel cuyo nombre me era imposible pronunciar. Venía derecho a mí.
--!Hola! !Cuánto gusto en verla! Hay un sitio en nuestra mesa . . . Le ruego que tome asiento a nuestro lado.
Se había enterado de que llegaría yo en avión, y reservó aquel lugar especialmente para mí.
Ya instalados y charlando, las ocurrencias y las ideas de mi amigo eran como una granizada. Sólo entonces pude verlo bien. Era un hombre joven, de calva incipiente; llevaba anteojos y su aspecto era elegante. Era todo inquietud e impulsividad; contaba un chiste tras otro.
Me volví hacia él.
--Mst . . .Mls . . .Perdóneme, pero su nombre me resulta difícil de pronunciar.
--Llámeme usted Slava, sencillamente. ¿Y me permite que yo la llame Galya?
--Sí; de acuerdo.
No estaba acostumbrada a que me trataran con esa informalidad. !El tal Slava me trataba como a una niña!
Y como a una niña me consideraba. Jamás me había visto en escena. Para él no era yo una
prima donna
mimada y caprichosa, sino sólo una mujer joven. Con toda llaneza e impetuosidad empezó a cortejarme. Ni mi pasado ni mi creciente fama parecían interesarle. Era para mí una experiencia especial, insólita.
Al salir juntos a la calle, tras aquel desayuno, vimos a una vendedora de flores cargada con una cesta de lirios del valle. Slava se los compró todos y me los dio.
Ensayos, representaciones . . . y él aparecía a mi lado y desaparecía luego: era un hombre con un motor frenético en su interior. No tenía yo tiempo para detenerme a analizar mis sentimientos y mis motivos hacia él, pero comencé a anhelar con impaciencia nuestras reuniones.
Un día, Slava entró en mi habitación, en el hotel, tomó asiento al piano y empezó a tocar.
--Es una lástima, pero esta noche tengo un concierto y me será imposible ir a oírte cantar en
Eugene Onegin.
Harás sin duda una Tatyana maravillosa.
De pronto, de un salto dejó el piano y se arrodilló a mis pies. Me sobresalté, pero él me explicó:
--Perdóname, pero en Moscú, el día que nos conocimos, observé que tienes unas piernas muy hermosas . . . Sentí entonces el deseo de besarte los pies. Tendrás que estar pronto en el teatro . . . Me voy, pues. !Hasta mañana!
Nos sentíamos irresistiblemente atraídos uno hacia el otro, y ninguna fuerza en la Tierra podría detenernos. Siendo yo una mujer de 28 años a quien la experiencia había enseñado mucho, sentía yo intensamente lo juvenil e incontenible de su pasión. Y todos mis sentimientos, que durante tanto tiempo habían estado reprimidos, correspondían a los suyos. Llevábamos apenas cuatro días en la dorada Praga, pero resolvimos casarnos a nuestro regreso a Moscú.
Sin embargo, antes de salir de Praga me llegó un telegrama del Ministerio de Cultura, diciéndome que me preparara a partir hacia Yugoslavia de Inmediato. Una delegación oficial viajaba ya a Belgrado y debería ir acompañada por un grupo de artistas.
Aquella misión era delicada, pues constituía la primera de una representación diplomática soviética a Yugoslavia desde el rompimiento entre Stalin y Tito. Los rusos íbamos en actitud humilde a hacer las paces con el guerrillero a quien nuestros líderes habían tachado muchos años (y en el mejor de los casos) de mercenario traidor.
Fue en una recepción celebrada en la Embajada Soviética en Belgrado donde conocí a Nikolai Bulganin, quien, como presidente del Consejo de Ministros, era el jefe de Estado. También conocí a Nikita Khrushchev, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista. Bulganin me invitó a comer a la mesa de honor. Me encontré así entre él y Krushchev, y justamente frente a Tito y a la esposa del líder yugoslavo.
Tito estaba sereno y reservado. Había levantado un muro entre él y sus huéspedes, y no lo derrumbaría en un día. Bulganin trataba de que la conversación se mantuviera en un plano de mundanidad, y Krushchev insistía en besar a todo el mundo.
Al otro día recibí un hermoso ramo de flores, regalo de Bulganin. !Era lo único que me faltaba! Ya sabía yo que nuestro nuevo zar y soberano no solía regalar flores a una mujer nada más porque cantaba bien. Un día después, ocurrió lo mismo. No había duda: el jefe de Estado me cortejaba. Pero no iba yo a inquietarme por ello. Por ahora, lo más importante para mí era regresar a Moscú, donde Slava me esperaba.
En el aspecto legal, no me hacía falta divorciarme, pues mi matrimonio con Mark jamás se registró oficialmente. Nos casamos durante la guerra, cuando nadie se preocupaba por el papeleo, y después de la guerra ni Mark ni yo hicimos nada para formalizar nuestra unión. Mark era hombre bueno y generoso, y nuestra separación me dolió; pero no había más remedio.
A pesar de nuestro matrimonio al vapor, Slava y yo no tropezamos nunca con ninguna sorpresa desagradable. Como jamás nos habíamos visto uno al otro en escena, no nos habíamos sobrellevado. Para mí, la única sorpresa consistió en enterarme de que Slava era un músico extraordinario, y para él, que era yo una buena cantante. Mas la primera impresión fue siempre la más importante: a mis ojos, Slava era el hombre que me hizo su esposa a muy poco tiempo de habernos conocido; para él, yo era la mujer a cuyos pies se había rendido de rodillas.
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Галина Вишневская Средь шумного бала
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #5 en:
Febrero 26, 2012, 01:20:12 am »
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6ta. parte
Enamoramiento peligroso
Poco después de haberme casado con Slava, me telefoneó el Ministerio de Cultura. ''Galina Pavlovna, hemos estado buscándola por todas partes. Bulganin cumple hoy 60 años. Habrá recepción fuera de aquí, en la
dacha
(casa campestre). Un automóvil pasará por usted dentro de media hora''.
A mi llegada, estaba en su apogeo la típica contienda rusa para ver quién bebía más. El festejado, resplandeciente, me llevó a sentame a su lado y, ante socarronas miradas de todos los presentes, tomé asiento entre él y Khruschev. Me sentí muy emocionada. Se había congregado allí un círculo muy íntimo de invitados: miembros del Politburó, Oficina Política del Comité Central del Partido Comunista), sus familias y unos cuantos mariscales.
Una voz insinuante me cuchicheó al oído.
--La llamé a su casa, pero me dijeron que ya no vivía usted allí . . . que había huído.
--No huí; me casé
--¿De veras? !La felicito!
Bulganin fingió sorpresa; pero el formulario que presentó Slava probablemente ya había sido objeto de investigación.
--Gracias.
--Y, ¿con quién se casó usted?
--Mi esposo es el violonchelista Mstislav Leopoldovich Rostropovich --respondí, pronunciando el nombre con orgullo.
A la mañana tintineó la campanilla de nuestro apartamento; le abrí a un joven y corpulento coronel que llegaba cargado con un ramo de flores descomunal. A primeras horas de la noche, me telefonearon desde el Kremlin.
--!Hola, Galya! Habla Nikolai Aleksandrovich. Comprendí perfectamente la gravedad de la situación, pero opté por emplear un tono de voz ligero y casual --Hola, Nikolai Aleksandrovich !Que flores tan hermosas! !Muchas gracias!
Soy yo quien debo darle las gracias. ¿Quiere usted cenar conmigo esta noche?
Comencé a toser nerviosamente.
--Esta noche tengo ensayo en el teatro. Terminará muy tarde . . .
--No importa. La esperaré.
Fingiendo la mayor ingenuidad, accedí:
--!Me parece estupendo! !Gracias! Entonces allá
estaremos
.
Siguió una larga pausa al extremo opuesto de la línea. Por fin, me anunció.
--Le enviaré un automóvil.
A partir de aquella noche se sucedieron las invitaciones cada día; a veces, a la
dacha
de Nikolai Bulganin; en otras ocasiones, a su apartamento de Moscú. Y, naturalmente, hubo libaciones interminables. Bulganin bebía mucho e incitaba a Slava a hacer lo mismo. Slava, sin embargo, no necesitaba persuasión; bebía de pura rabia.
Ya embriagados ambos, el viejo se quedaba mirándome como un toro y la emprendía contra Slava.
--Sí; usted se me adelantó.
--Así parece --replicó Slava.
--Y, ¿la quiere usted?
--!Oh, sí! !La quiero mucho!
--No; no. Dígame, ¿cómo es posible que usted la quiera? !Usted no es mas que un muchacho! ¿Puede comprender realmente qué es el amor? Sépase que yo sí
la amo.
Entre las burdas y tortuosas personalidades del Gobierno, Bulganin destacaba por su aura intelectual y sus afables y finos modales. Se empeñaba en que yo lo juzgara un monarca ilustrado, un Nikolai III. Trataba siempre de subrayar que no tenía yo nada que temer por hallarme en su casa. Quizá en verdad me amara.
Bulganin le decía a Slava: ''No debe usted incomodarse por que telefonee yo a Galya tan a menudo. Permítame segui enamorado de ella. Es usted joven, tiene toda la vida por delante. Yo, en cambio, no soy más que un viejo''.
Si bien a Slava le repugnaba tener que oír aquellas efusiones, había veces en que incluso sentía piedad por aquel hombre. En casa, me decía: ''En realidad es muy agradable. Pero ¿por que insiste en cortejarte? Si no fuera por eso, con gusto sería yo su amigo''.
Al principio, no pasaba de ser un juego, y a Slava le gustaba ser el vencedor de tan encumbrado rival. Pero no tardó mucho tiempo en darse cuenta de lo incómodo que era su posición.
Cierta noche, al regresar del acostumbrado torneo de embriaguez en casa de Bulganin, Slava empezó a refunfuñar:
--!Ya no soporto la forma en que ese viejo te mira! !No regresaré a su apartamento! Quizá a tí te guste eso de que te corteje nuestro nuevo zar . . . ¿No ves que para mí es una situación humillante?
Empecé a llorar.
--Pero ¿qué puedo hacer? !No me atrevo a decirle que se vaya al diablo! . . . Cuando llegue su coche, mañana, ¿te negarás a ir?
Slava, sin más ropa que la interior, se encaramaba ya al alféizar de la ventana.
--En ese caso, me echaré por la ventana ahora mismo.
Achispado como estaba, había olvidado que de la ventana al suelo no había más de tres metros y medio. Histérica, grité:
--¿Cómo se te ocurre saltar? !Detente! !Estoy embarazada!
Fue como si una ráfaga de viento lo hubiera devuelto al interior de la habitación. Se me acercó felíz.
--¿De veras? --exclamó--. ¿Por qué no me lo habías dicho?
Las lágrimas me corrían por las mejillas.
--Porque . . .porque quería darte . . . la sorpresa.
Resolvimos romper paulatinamente nuestras extrañas relaciones con Bulganin. Ante todo, evitaríamos echarnos encima un enemigo mortal; empecé a declinar las invitaciones a su apartamento, pretextando un intenso programa de trabajo en el teatro. Pero él comprendió enseguida mi estrategia, y por medio del Ministerio de Cultura me invitaba a cantar en algunas recepciones del Kremlin. Cuando aducía yo estar demasiada fatigada para cantar, el jefe de Estado llamaba personalmente, para decirme: ''Galya, soy yo quien te suplica que asistas a esa recepción''.
Por último, un día me harté de toda aquella farsa y no pude contenerme. De pie, allí, en el maloliente vestíbulo de nuestro apartamento comunal, chillé encolerizada a la bocina del teléfono:
''¿Por qué insiste usted en hacer el papel de idiota? !Ya estoy harta de chismes! !No deseo volver a cantar en sus recepciones! !Me repugnan! !Ya no quiero volver a ver todas las mandíbulas que mastican mientras yo canto! Le ruego de una vez por todas que me exima de ese honor. Eso es todo !Adios!''
Bulganin volvió a llamar unos cuantos minutos después. ''Galya'', me dijo, ''perdóneme. Cálmese usted. Los invito, a usted y Slava, a cenar en mi casa, mañana por la noche. Necesito verla''.
¿Qué podíamos hacer? Es muy cierto el refrán: ''Líbranos del peor de los males: de la cólera de un amo, y del amor de un amo''. Pero, de aquel día en adelante, jamás volví a cantar en una recepción oficial.
Al evocar el pasado, me pregunto qué habría sido de mí si no me hubieran enviado a Praga y sólo hubiese ido a Belgrado con la delegación oficial. Es probable que no se cruzaran nuestros caminos, el de Slava y el mío, y en tal caso, quién sabe qué rumbo habría tomado mi destino. Quizá habría yo reaccionado de manera muy distinta al asedio amoroso del monarca soviético.
Año de buena cosecha
El año de 1956 fue de primicias.
No obstante mi embarazo, me presenté en Alemania Oriental, donde canté
Fidelio y Eugene Onegin.
A mi regreso a Moscú se me otorgó mi primer título: Artista del pueblo de la República Rusa. Hice entonces mi primera grabación operística. Luego, en el mes de Marzo, vino al mundo nuestra primogénita, Olga. (La segunda, Elena, nació en 1958).
También en 1956 se inaugró el XX Congreso del Partido Comunista. Nadie estaba preparado para nada nuevo: todo el mundo esperaba oír la misma vana palabrería. Y fue entonces cuando Khrushchev pronunció su ''discurso secreto'' ante un congreso de atónitos delegados. Quedaron asombrados, no por aquella información (de la que ya se habian enterado, sino por estar oyendo decir la verdad, por primera vez en la historia soviética, desde la más alta tribuna del partido.
Se difundieron informes sobre el discurso, a la vez que salían a la luz monstruosos detalles. Stalin había sido un verdugo, un cobarde, un criminal, un maniático. Estupefacta ante la oportunidad de repetir en voz alta lo que hasta entonces había temido pensar siquiera, la gente se detenía a comentar a plena luz del día. Sin embargo, no hizo lo más natural y más importante: llamar a cuentas a su gobierno.
A fines de 1959, salí en gira de dos meses a Estados Unidos, con la Orquesta Sinfónica del Estado, de Moscú. Slava acababa de regresar la semana anterior de una gira triunfal de 15 días por aquel país. En los 15 años trascurridos desde que terminara la Segunda Guerra Mundial, otros artistas soviéticos se habían presentado también en Estados Unidos, pero los norteamericanos todavía no escuchaban a ningún cantante de ópera proveniente de la Rusia Soviética. Yo iba a ser la primera.
Llegamos a la Ciudad de Nueva York la noche del 31 de Diciembre, y pocas horas después ya estábamos celebrando la Noche de Año Nuevo en el Hotel Waldorf-Astoria, donde Sol Hurok, el empresario, había organizado una recepción espléndida para toda la compañía. Pero, a la mañana siguiente, antes que nada, nos llevamos al consulado soviético para someternos a una sesión de lavado de cerebro. Nos endilgaron una conferencia acerca de los malditos capitalistas y se nos dijo que no nos deslumbráramos por lo que exhibían los escaparates de las tiendas. Todo era pura fachada, explicaron. El norteamericano común no podía comprarse esos artículos. El pueblo, en general, allí se estaba muriendo de hambre.
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Галина Вишневская Растворил я окно
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #6 en:
Febrero 26, 2012, 17:47:05 pm »
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7a. parte
Después de aventurarnos a salir a la calle y ver en torno, nos tranquilizó no haber visto ningún cadáver hinchado por el hambre. Los tranquilizados ciudananos soviéticos exploramos luego varias tiendas, y descubrimos que un artista de la Orquesta Sinfónica del Estado bien podría, en el curso de una gira de dos meses, comprarse suficintes artículos para hacer naufragar a un trasatlántico.
Durante los 15 años siguientes, en cuyo lapso fui en giras a Estados Unidos cinco veces, realmente no veía yo mucho al viajar por el extranjero, excepto hoteles, salas de concierto y teatros de ópera. Vivía demasiado atareada, reconcentrándome en mis interpretaciones. Los artistas soviéticos que salen de gira llevan un programa de actividades tan apretado, que no les queda tiempo para mirar a su alrededor.
Sin embargo, los artistas soviéticos forcejean por la oportunidad de salir al extranjero, pues las cosas que se compran entonces y se llevan a la URSS pueden revenderse, con jugosas ganancias.
En nuestro caso, el bienestar familiar de nuestra familia dependía por completo de nuestras giras. Como Slava y yo habíamos trabajado ya más de 20 años, conseguimos reunir el dinero suficiente para construir una
dacha
y pagar un apartamento en cooperativa.
Réquiem por Checoslovaquia
El verano de 1968, en Londres, estrené con Slava un ciclo de canciones de Shostacovich, canté en el Festival de Edimburgo, y me presenté en varios recitales, en diversas ciudades de Inglaterra.
Slava había comprado un Land Rover. Me comunicó luego que atravesaríamos toda Europa, en ese vehículo: dormiríamos en él, prepararíamos nuestros alimentos en una cocinilla portátil de gas, nos detendríamos donde quisiéramos; haríamos un viaje delicioso. Benjamin Britten, el compositor inglés, bautizó al Land Rover con el nombre de
Buttercup
(''Ranúnculo) y compuso la cantata de este mismo nombre en celebración de nuestra partida.
Emprendimos camino por Francia y Suiza. Slava se divertía con su nuevo juguete.
Llegamos después a las fronteras de Europa Oriental. Era evidente que el pueblo de Checoslovaquia no podía disimular su odio por los rusos. Slava y yo decidimos que, si teníamos que pedir información a alguna persona, le hablaríamos en alemán. Al hacerlo así, nos contestaban en esa lengua, y eso mismo resultaba escalofriante: !cuánto no resentirían los checos a los rusos, al preferir hablar en alemán! Recordábamos la Praga de 1955, cuando nos habíamos conocido. !Cuánto amaba entonces a los rusos! Cualquier vivienda checoslovaca abría sus puertas a un ruso, como a un hermano.
Por fin llegamos a Brest, en la frontera polaco-rusa. Nos sentíamos en nuestro país y ya podíamos desechar las tensiones. Pero ¿qué veíamos? Durante todo el día, al atravesar Bielorrusia en carretera, nos cruzamos con una columna interminable de vehículos militares que trasportaban soldados, tanques, y armas.
--Dios mío! ¿Qué signfica esto, Slava? ¿Una guerra?
--No, no. Sólo se trata de algunas maniobras.
Jamás nos pasó por la cabeza que nuestro país se preparara a ocupar Checoslovaquia.
Permanecimos poco tiempo en Moscú. Tres semanas después regresábamos en avión a Londres, a participar en el Festival de Arte Soviético. Llegamos la víspera de la inaugración del festival, señalada para el 21 de agosto de 1968. Slava interpretaría un concierto para violonchelo y orquesta del compositor checo Antonín Dvorák, precisamente la noche siguiente.
Por la mañana, después del desayuno, salimos a caminar. Las calles aparecían atestadas de gente que portaba pancartas: ''!Rusos! !Fuera de Checoslovaquia!'' Apenas creíamos lo que veíamos; nos impresionó como la acción más deshonrosa en toda la historia del Estado Ruso.
Corrimos de vuelta al hotel y encendimos la televisión. En las imágenes de todos los canales había tanques soviéticos avanzando por las calles y plazas de Praga. Era verdad: lo estábamos presenciando.
Varias horas después, Slava caminó al escenario del enorme Royal Albert Hall. En la sala, 6000 personas acogían la aparición de los músicos de la Sinfónica rusa vociferando: ''!Fascistas soviéticos! !Váyanse!'' Slava estaba intensamente pálido, y de pie, como en el caldalso y ante el verdugo, sentía en carne propia la ignominia de su gobierno.
El público logró aquietarse, por fin. Rostropovich, con los ojos llenos de lágrimas, comenzó a expresarse por medio de su instrumento. La música de Dvorák fluía como un réquiem por el pueblo checoslovaco. El auditorio escuchaba en trance la confesión de aquel gran artista que a través de esa música de Dvorák abrazaba el alma misma de los checos, sufriendo con ellos, orando por ellos, implorando su perdón.
Al resonar la última nota, corrí a reunirme con Slava tras bambalinas. Con el rostro cenizo, temblorosos los labios y los ojos anegados, asió mi brazo y me llevó a la salida. ''Volvamos al hotel'', me pidió. ''No soportaría ver a nadie ahora''
El envoltorio de Solyenitsin
Slava conoció a Alexander Isayevich Solyenitsin la primavera de 1968, en Ryazan, donde residía el famoso novelista. Slava averiguó su dirección y una mañana se presentó informalmente en su casa.
''!Hola! Soy Rostropovich. Deseaba conocerlo''.
Solyenitsin vivía en un minúsculo apartamento, en la planta baja; Slava se asombró mucho por la precaria situación; por la pobreza extremada que soportaba el eminente escritor. Afuera, de día y de noche, pasaban camiones haciendo tal estrépito que las ventanas vibraban y traqueteraban.
Después, Slava se vio con él muchas veces en su casa de diversos amigos de ambos. Un día, se enteró que Soyenitsin estaba gravemente enfermo, y que entonces ocupaba una cabaña en la aldea de Rozhdestvo. Slava subió al momento a su auto y fue a visitarlo.
En la época en que Khrushchev estaba en el poder, se permitió a la gente adquirir pequeños huertos, donde podían construir una choza de una sola habitación, especie de bodega. Fue en una de esas chozas, en el camino a Kiev, donde Slava halló a Solyenitsin un frío y lluvioso día de otoño. Era el único lugar que el escritor había podido conseguir lo bastante tranquilo para trabajar.
La primera novela de Solyenitsin,
Un día en la vida de Iván Denisovich
le ganó fama mundial y fue muy elogiada por la prensa soviética. Este libro, vigoroso relato acerca de los campamentos para prisioneros en el régimen de Stalin, fue candidato al premio Lenin. Pero al ver el efecto que hacía la obra entre el pueblo, las autoridades cambiaron de opinión. El día de gloria de Solyenitsin había terminado.
Lo más natural del mundo fue que Slava, al hallar a su nuevo amigo en tan mísero estado, le propusiera que se mudara a nuestra
dacha
y pasara allí el invierno. Acabábamos de construir a pocos paso de ella una casita para huéspedes.
Un día, muy temprano, miré por la ventana y vi estacionado en nuestro terreno un viejo auto Moskvich. Slava me contó que Alexander Isayevich había llegado a las 6 de la mañana, dejado allí todas sus cosas y emprendido el regreso a Moscú, en tren. A los pocos días vendría a instalarse en la casita.
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Dvorak Cello Concerto : Rostropovich Part 2
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Respuesta #7 en:
Febrero 26, 2012, 20:20:10 pm »
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8a. parte
''Y bien, ¿le gustó la casa? Tal vez necesite algún otro mueble''. Slava y yo fuimos a la casita de huéspedes; la revisé con la mirada penetrante del ama de casa. Nada había cambiado allí. No se veía ninguna pertenencia inusitada, salvo un extraño envoltorio, sobre la cama. Me acerqué a mirarlo y observé que se hallaba muy raído, que era una negra chaqueta acolchada, de las que usaban los prisioneros en los campamentos de trabajos forzados, donde él había pasado ocho años. Lo patético de aquel envoltorio me hirió en el pecho como una puñalada. ''!Slava! Eso viene de esos campamentos, ¿verdad?''
Miramos un rato aquel envoltorio, que con todos sus gastados pliegues y parches denunciaba a las claras el tormento y las tribulaciones de un ser humano. Así pues, Alexander Isayevich llevaba consigo aquel precioso bien de un lugar a otro, recorriendo el mundo como un ex interno de un campamento penal . . . que no se permitía olvidar . . .
Ni Slava ni yo habríamos podido imaginar lo que derivaría de la presencia en nuestra casa de un individuo tan ''odioso''. Al ofrecerle refugio, no lo hicimos por la ''lucha por la libertad'' que libraba el escritor, ni tampoco a nombre de la salvación de Rusia. Sólo habíamos ofrecido techo a un hombre cuyo destino había sido muy cruel, y no pensábamos que socorrer al prójimo fuese un acto de heroísmo, sino un acto de humanidad, normal. El interés por él me llenaba el alma, al mirar su elocuente envoltorio.
Pero en ese país no se puede ser sólo un ser humano, con su propio concepto del mundo, y que vive guiándose por las leyes de su propio Dios. Al contrario: hay que arrojar a Dios del alma y llenar el consecuente vacío con Marx, Engels, Lenin, Stalin y todas esas tonterías. Tal debe ser tu religión. Al dar asilo a Solyenitsin, parece que nos habíamos vuelto contra esa religión.
A Solyenitsin se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en el otoño de 1970. La prensa soviética lo atacaba entonces abiertamente. Cuando le ocurrió lo mismo a Pasternak, nadie se atrevió a salir en su defensa. Pero Slava, adoptando una posición franca, registró una protesta en favor de Solyenitsin.
Recuerdo con total claridad la glacial mañana en que, en Moscú, Slava, a su llegada a la ciudad procedente de la
dacha,
me confió que había tomado la desición de hablar en defensa de Solyenitsin. Me mostró entonces una carta que había escrito y que debería enviarse a los directores de los periódicos
Pravda, Izvestia, Literaturnaya Gazeta y Sovietic Culture.
--Pero nadie publicará tu carta.
¿De qué servirá?
--Solyenitsin vive en nuestra casa, y debo dar a conocer mi punto de vista. Si no hablo ahora, no lo hará nadie.
Días después Slava depositó sus cuatro cartas en un buzón, camino al aeropuerto, de donde iría a Alemania. Dos semanas más tarde, las radiodifusoras extranjeras difundían, varias veces al día, las declaraciones de Slava.
No tardé en saber que acababan de prohibir la exhibición de un filme que trataba de mi vida y de mi trabajo, realizado en unos estudios de televisión. No se exhibiría jamás.
Había empezado el ostracismo contra nosotros dos.
Aguda visión interior
Solyenitsin vivió cuatro años en nuestra
dacha;
en ese tiempo sólo vivió para escribir. Solía levantarse al alba, y trabajaba hasta caer la noche; a veces iba y venía por el jardín como un tigre; otras, escribía con una minúscula y exquisita caligrafía. En cierta ocasión en que me referí a su caligrafía, Solyenitsin soltó la risa. ''Es un hábito que adquirí en el campamento'', me dijo: ''poner lo más que fuera posible en diminutos trozos de papel, que son más fáciles de esconder''.
A Solyenitsin no se le envió al exilio hasta 1974. Ahora me pregunto cómo las autoridades consintieron en que se alojara con nosotros tanto tiempo. Podrían haberlo arrojado de allí alegando que no estaba registrado como residente en nuestra casa. A Andrei Sajarov, vecino nuestro, lo lanzaron de su hogar y, sin que se le sometiese siquiera a juicio, lo desterraron a la ciudad de Gorki. Desde hace varios años el mundo ha expresado su indignación, pero para los gobernantes soviéticos no ha sido sino agua que se lleva el río.
Durante los años siguientes al envío de la carta de Slava, las autoridades, por supuesto, comenzaron a apretarnos las clavijas . . . A Slava, especialmente. Primero, lo expulsaron del Bolshoi, donde desempeñaba las funciones de director invitado; a continuación, y poco a poco, le cancelaron todos ls viajes al extranjero. Con el tiempo, llegó el día en que a todas las orquestas de Moscú se le prohibió invitar a Rostropovich a dirigir. Y por último, las autoridades le impidieron el acceso a toda sala de Moscú o Leningrado para ofrecer un recital. Slava debió hacer giras por las provincias . . . Al menos, en ese tiempo, aquel camino no se le había cerrado.
Por mi parte, seguía cantando en el Bolshoi cuando deseara. No se me impusieron restricciones, y en 1971 obtuve la condecoración más importante de la Unión Soviética: La Orden de Lenin. Pero los principales diarios dejaron de escribir acerca de mí y ya no era posible oír mi voz por la radio ni por la televisión. Así cantaba yo en el vacío. De este modo, las autoridades trataban no sólo de humillarme, sino de excluirme de la vida cultural del país.
Sin embargo, aún conservaba un sitio privilegiado en la escena. En la capital, aún disponía del teatro, de una espléndida orquesta, y por tanto, mi condición artística no se había afectado. Pero la situación de Slava era muy distinta. Tras haber tocado con grandes orquestas de América, Inglaterra y Alemania, estaba obligado a actuar con directores y orquestas incapaces de expresar las ideas de un músico de su valía. Tuvo que irse amoldando a la mediocridad. Cada vez con mayor frecuencia, acudía, a la conclusión de algún concierto, al eterno refugio ruso: el vodka. Y cada vez más le dolía en el alma su situación.
Cuando se es joven es posible reírse de los palmetazos. Pero, con el tiempo, a medida que nuestra visión interior se torna implacablemente aguda, advertimos que se nos ha despojado de nuestros mejores años, y que no hemos realizado ni siquiera la mitad de lo que anhelábamos hacer y éramos capaces de hacer. Nos tortura permitir la degradación de lo más precioso que existía para nosotros: nuestro arte. La cuestión era: ¿cuánto tiempo podría Rostropovich sufrir aquello?
En la primavea de 1973, nos invitaron a Slava y a mí al festival de música que se ofrecería a lo largo del río Volga, con la Orquesta sinfónica de Ulyanovsk. Slava accedió y , por bien suyo, también yo acepté.
La gira duró cerca de un mes, en que nos presentamos en 20 conciertos. Y las crónicas abundaron, todas halagueñas, y todas expresando su gratitud por el excelso arte del violonchelista y la cantante. Esas crónicas lo decían todo . . . excepto los nombres del violonchelista y la cantante. Esa omisión no podría atribuirse a ningún idiota senil. Era evidente que el Comité Central había emitido una orden al respecto, para toda la nación.
''!Piensa en salvar tu vida!''
Un día acudieron a vernos dos cantantes del Bolshoi. No entraron, precisamente: irrumpieron nuestro apartamento, entusiastas y jubilosos. Tras saludarnos, arrastraron a Slava a un estudio. Pasado un rato, Slava salió de la pieza apresuradamente y me llamó.
--¿Qué sucede? --le pregunté.
--Que ellos mismos te lo digan; !yo no firmaré eso!
--Mira, Galya --me dijo uno de nuestros visitantes, a tiempo que Slava se marchaba--, deberás persuadir a Slava. Hemos venido de parte de varios funcionarios importantes. Se está redactando una carta contra Sajarov. Si Slava la firma, mañana mismo podrá comenzar a dirigir el Bolshoi.
--Y, ¿quieren ustedes que lo persuada yo? !No! Si él la firma, !lo estrangularé con mis propias manos!
--Pero, ¿qué tiene eso de extraordinario? ¿Quién se fija en ese tipo de cartas? Todo el mundo las escribe. Si Slava es de los firmantes, tendrá la decisiva oportunidad de convertirse en director del Teatro; si no, se le cerrarán las puertas del Bolshoi para siempre.
--Pues bien, jamás volverá a dirigir en el Bolshoi. Pero seguirá siendo un hombre decente, y nuestras hijas no tendrán que avergonzarse de su padre. !Su padre será siempre Rostropovich!
La sangre me golpeaba las sienes; pensé que la cabeza me estallaría . . . !Nos largaremos de aquí! . . . Y lo más pronto posible. ¿Mi teatro? !Al diablo con el teatro! !Mi familia entera estaba en un peligro mortal! Horas después hablé con mi marido.
--Slava --le dije--, no tiene objeto seguir fingiendo. Siéntate y escríble a Brejnev. Solicita permiso para que toda la familia se vaya al extranjero, a residir allí durante dos años.
Slava quedó desconcertado.
--¿Hablas en serio?
--!Más en serio que nunca! Aunque pueda yo seguir trabajando en el teatro, tu fin llegó. Y estás destinado a tomar el camino de otros genios rusos: o acabarás tendido de borracho en el arroyo, o buscarás el gancho más fuerte y te echarás un lazo al cuello.
...
Dvorak Cello Concerto : Rostropovich Part 3
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #8 en:
Febrero 27, 2012, 17:08:39 pm »
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9a. parte
Fuimos ambos a postrarnos ante los íconos de la iglesia ortodoxa griega y nos juramos mutuamente que ninguno le reprocharía nunca al otro esa desición. Sentí entonces alivio; como si una pesada losa se hubiera desprendido de mi pecho. Apenas unos minutos después, estaba redactada nuestra carta a Brejnev. Y sólo pasada algo más de la media hora de haber presentado nuestra petición, nos hallábamos en el despacho de Vasili Kujarsky, el ministro suplente de Cultura.
--Explíquenme, por favor, los motivos de su solicitud --nos dijo. Tenemos que comunicárselos al Comité Central.
--Largos años de ofensas y humillaciones; la cancelación de los conciertos de Rostropovich; la falta de trabajo para él; de trabajo que esté acorde con su categoría de músico eminente . . .
--¿Por qué no se pusieron en contacto con nosotros antes?
--¿Dirigirnos a ustedes? --exclamó Slava-- ¡Yo mismo le escribí a Brejnev varias cartas y telegramas rogándole que me salvara la vida! !Bah! !Dirigirnos a ustedes! !Nadie se dignó contestarme jamás!
--Una vez presentada la petición, no podrán retractarse. Y no conciban esperanzas de que alguien trate de persuadirlos de lo contrario.
--Ya veo que usted no tiene la menor idea de con quien está tratando ahora --tercié yo--. La persuasión quizá hubiera resultado antes; ahora, de nada serviría. Ya hemos tomado una resolución. Aguardaremos la respuesta durante dos semanas.
No tardamos en salir de allí, y fuimos a la
dacha,
a hablar con las chicas. Al llegar a casa recorrí todas las habitaciones sin sentir el menor pesar ante la idea de que tal vez no volviese a ver aquella
dacha
en mucho tiempo. Pero Slava se quedó a solas en la salita, absorto en sus pensamientos.
--Slava --le sugerí--, no lo lamentes; no des marcha atrás.
--!Cuánto cariño y cuántos esfuerzos dediqué a esta casa! --repuso mi marido.
--!No pienses ya en la casa, Slava! !Piensa en salvar la vida!
--Llamamos a nuestras hijas: Elena, , de 15 años, y Olga de 18. Dulcemente Slava les contó de la petición que habíamos presentado para pasar unos años fuera de Rusia. Ambas advirtieron nuestra angustia y trataron de ocultar su alborozo, pero las sonrisas no tardaron en aflorar a sus rostros. Al fin, las chicas, felices, no se reprimieron más tiempo, y nos echaron los brazos al cuello.
Pasaron las dos semanas, y nos telefoneó el ministro de Cultura para comunicarnos: ''Se les ha concedido permiso para viajar al extranjero durante dos años . . . A ustedes y a sus hijas''.
!Adiós para siempre!
Debía yo permanecer en Moscú dos meses más, para guiar a Olga en sus exámenes de ingreso al Conservatorio, paso vital para su carrera. Sin embargo, era indispensable poner a Slava en camino a la mayor brevedad posible. Aunque Brejnev mismo había autorizado nuestra partida, nada nos garantizaba que no la cancelara en cualquier momento. Lo que temía yo, más que nada, era que nos convencieran de quedarnos.
Para mí, todas nuestras dudas y preocupaciones se disiparon en cuanto se nos extendió el permiso para salir del país, pero Slava, según me confesó mucho tiempo después, solía irse a la cocina para llorar a solas. Ese hombre inteligentísimo, es talentoso artista, aún esperaba que las autoridades lo borraran de las listas negras; que lo llamaran y le suplicaran quedarse. Y él habría consentido en ello gozosamente, pues anhelaba trabajar en su propio país y para su propio pueblo.
Los amigos y alumnos de Slava acudieron al aeropuerto a despedirlo. Circulando por ahí se encontraban varios agentes policiacos vestidos de civil, individuos de sospechosa catadura, lo que dio a la ocasión el aspecto de entierro. Todo el mundo permanecía triste fuera del edificio, y el tiempo trascurría lento, interminable. De pronto, Slava me llevó a la sala de la aduana y , con los ojos empañados me dijo:
--No quiero estar allí con ellos más tiempo. Me miran como si fuera yo un cadáver.
Y sin decir adiós a nadie, desapareció por la puerta. A mí se me permitió pasar con él.
--Abra usted esa maleta. ¿Es todo su equipaje?
--Sí.
Y Slava abrió su maleta, que un aduanero se aplicó a revisar. Un segundo aduanero tomó la billetera de Slava, de la que sacó mis cartas de amor, que Slava llevaba siempre consigo. El aduanero les pasó la vista por encima, mientras nosotros observábamos. Me sentía en manos de la Gestapo
--¿Qué hay en esas cajitas?
--Allí vienen mis condecoraciones --repuso mi esposo.
En efecto, eran medallas de oro y condecoraciones de países y organismos extranjeros. Los aduaneros abrieron todos los estuches, que dispusieron sobre la mesa. Slava traía también las medallas ''por el desarrollo de suelos vírgenes'' y por ''el 800 Aniversario de Moscú'', que se otorgaron a todos los moscovitas.
El aduanero entregó a Rostropovich las dos últimas, que eran de hojalata.
--Puede usted llevarse estas --le dijo--. Pero todas las demás son de oro . . . Esas, no.
Slava comenzó a estremecerse de pies a cabeza.
--¿Oro? Eso no es oro: es mi sangre; mi vida misma . . .!todo mi arte! Conquisté honores y fama para mi patria, !y según usted no es más que oro! ¿Con qué derecho?
Al ver que se ponía frenético, lo llevé hasta un rincón, para calmarlo. Volví luego a la mesa, tomé de la maleta los pantalones de un pijama, los anudé, y metí en ellos todas las cajitas.
Cargado con dos violonchelos, Slava pasó a la sección de revisión de pasaportes. Y yo, echándome al hombro los pantalones del pijama, me reuní al grupo que había ido a despedir a Slava. Alguien preguntó:
--¿Qué llevas ahí?
--Vuelvo a casa con las condecoraciones de Slava. Las únicas condecoraciones y medallas que puedes sacar de la Unión Soviética son las de estiércol.
Horas después oímos la voz Slava que la BBC trasmitía desde el aeopuerto de Londres. ''Doy gracias al gobierno soviético, decía, ''por comprender nuestra posición y permitirnos viajar al extranjero por dos años . . . Mi esposa e hijas deberán salir más tarde . . . ''
...
Dvorak Cello Concerto : Rostropovich Part 4
http://www.youtube.com/watch?v=8RtNGxwB1Jk
http://youtu.be/Od7IPKN8_aU
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #9 en:
Febrero 27, 2012, 18:46:00 pm »
Última parte
Empecé a contar los días que faltaban, hasta la hora en que pudiera salir de ese país, en otro tiempo para mí tan querido . . . y dejar el Bolshoi, al cual había yo entregado mi pasión, mi juventud, mi belleza, mis energías y mi sangre.
Julio 26 de 1974. Vamos a bordo del avión. !Dios mío!, ¿por qué nos retienen aquí tanto tiempo, sin movernos? Cada vez que algún nuevo pasajero sube a la nave, creo que ha venido por nosotras; que nos ordenarán salir del avión. Si esto se prolonga unos minutos más, se me paralizará el corazón. Cierro los ojos y empiezo a contar los segundos. Por fin, se cierran con firmeza las portezuelas, y el avión rueda hasta la pista.!Con cuánta violencia me palpita el corazón! El avión ha comenzado a sacudirse y toma velocidad . . . Rueda cada vez más de prisa . . . Por último despega. Evoco los primeros versos de un poema de Mikhail Lermontov:
!Adiós para siempre, desaseada Rusia, tierra de amos y de sus esclavos!
Me escurren las lágrimas. Hace unos momentos, mis hijas tenían un semblante feliz, y ahora sus ojos reflejan alarma y temor. No quiero que me vean así. Esforzándome por reprimir los sollozos, pego el rostro contra el cristal de la ventanilla.
A medida que me elevo sobre esa tierra, va cambiando prodigiosamente de color y de perfil, a los penetrantes rayos del sol. De repente, como lavada por un chubasco primaveral, se trasforma en una pradera esmeraldina y amarillenta. Una niñita, que luce un vestido moteado, de tela blanca, y en el pelo una cinta roja, parece atravesarla a la carrera. Ahora abandona la tierra y vuela por los aires, con las manos en alto, a la vez que me suplica: ''!Vuelve! !Vuelve!''
!Pero aquella niñita soy yo, Galka la artistka!
!Oh Dios mío! !Auxíliame! !Dame fuerzas, sálvame, compadécete de mí!
''!Adiós!''
La infantil figura se va empequeñeciendo; se convierte en un punto minúsculo, y luego se desvanece. Los contornos de la tierra se confunden en una masa informe e incolora, y las nubes blancas se cierran sobre ella, como un sudario.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Cuatro años después de que Galina Vishnevskaya y Mstislav Rostropovich salieron de Rusia, se les despojó de su ciudadanía soviética. En la actualidad, él es director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, con sede en Washington, D.C. En 1982, Galina se despidió oficialmente de su carrera operística cantando en París la Tatyana de
Eugene Onegin
de Chaikovski, papel que había interpretado cuando se presentó por primera vez en el Teatro Bolshoi.
Pero hace tiempo esta eminente pareja de artistas montó una producción de
La novia del zar,
de Rimsky Korsakov, en Montecarlo. Ella supervisó la escenografía, y él, la música. Esta ópera se representará en el Centro Kennedy, de Washington, en noviembre próximo. -LA REDACCION
Condensado de ''Galina: a russian story''. Manuscrito en lengua rusa C 1984 por Galina Vishnevskaya.
Publicado por Harcourt Brace Jovanovich. De Nueva York C 1985 por Javier Vergara editor,
S.A. de Buenos Aires. República Argentina.
Bibliografía
Selecciones de R&D
pgs. 177-224
Octubre de 1986
Galina Vishnevskaya - Tatyana's Letter Scene part 2
A Solas con Galina Vishnévskaya, legendaria cantante de ópera
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #10 en:
Febrero 27, 2012, 21:54:13 pm »
Impresionante la fortaleza de esta mujer para poder superar la guerra vivida en su infancia y el exilio a que fue forzada. Así como para entrar a formar parte del Teatro Bolshói y triunfar un mundo tan difícil como es el de la ópera. Gracias omega por compartir la historia de Galina Pávlovna Vishnévskaya, una mujer luchadora como ninguna y a la que la historia le ha puesto en el lugar que se merece, todo un ejemplo a seguir.
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #11 en:
Febrero 27, 2012, 22:22:00 pm »
Desde México le envío mi más sincero agradecimiento Sr William Munny por haber seguido la historia de la soprano más famosa de la historia: Galina Pávlovna Vishnévskaya, que hoy todavía su nombre cala hondo en estas esferas de esta música tan excelsa y apreciada por unos cuantos.
Hasta pronto
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #12 en:
Marzo 01, 2012, 03:32:01 am »
Buenas noches...como siempre, excelentes e interesantes todos sus relatos, Sir Omega, gracias por compartirnos esta joya
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Salu2!!
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última modificación: Marzo 01, 2012, 03:34:57 am por friendly
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #13 en:
Marzo 02, 2012, 16:03:29 pm »
Gracias Friendly, que con esta biografía tenía una deuda moral con todo el Foro, y considerando que no soy el mejor experto en el conocimiento de esta bella música, hice todo lo posible por que la cronología fuese acorde con los vídeos, algunos no los encontré, como Fidelio; algo más de lo que fue la historia en mas vídeos de Galina, etc.
Saludos
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Re: GALINA, O EL TRIUNFO DE UNA MUJER...
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Respuesta #14 en:
Marzo 03, 2012, 01:43:15 am »
Hola Omega, el trabajo que aqui nos dejste en este reportaje, fué formidable; muchas gracias por tu tiempo y dedicación para que quedara una verdadera joya.
Estoy mas que segura que al foro en general, le gustó bastante, paisano..
Salu2!!
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